Muchos hablan con sus plantas por cariño, pero la ciencia encontró otro beneficio inesperado


La creencia de que hablarles a las plantas favorece su crecimiento forma parte del imaginario popular desde hace años. Muchas personas les dirigen palabras cariñosas o incluso les ponen música con la expectativa de que se desarrollen más fuertes y saludables.

Sin embargo, desde la perspectiva de la biología evolutiva, ¿tiene algún sentido que un ficus o un geranio se beneficien de palabras afectivas? La explicación científica es más compleja: el posible efecto de esta práctica no se produce en la planta, sino en quien la realiza.

Para entender de qué manera interactúan las plantas con el ambiente es necesario considerar su evolución y una característica fundamental: las plantas son organismos sésiles, es decir, permanecen fijas en un mismo lugar durante toda su vida. A diferencia de los animales, no pueden escapar de los peligros ni desplazarse en busca de mejores condiciones.

Como resultado, desarrollaron a lo largo de millones de años complejos mecanismos de detección que les permiten responder a estímulos. Factores como la intensidad de la luz, la humedad del suelo, la fuerza del viento o las vibraciones generadas por polinizadores e insectos son percibidos mediante sistemas altamente especializados que les ayudan a adaptarse a su entorno.

Las plantas perciben nuestra interacción, pero lo hacen de una forma estrictamente física. Cuando una persona se acerca y les habla, perciben las vibraciones acústicas producidas por las cuerdas vocales, un fenómeno que estudia la fitoacústica.

También detectan pequeñas corrientes de aire o el contacto directo si sus hojas son acariciadas, una respuesta fisiológica conocida como tigmomorfogénesis. Además, al hablarles de cerca reciben una mayor concentración localizada de dióxido de carbono, gas esencial para la fotosíntesis.

Entonces, si hablarles a las plantas no influye directamente en su crecimiento, ¿por qué muchas personas creen que funciona? La explicación podría estar en los cuidados que suelen acompañar ese hábito.

Quienes interactúan con frecuencia con sus plantas también tienden a observarlas más de cerca, detectar problemas a tiempo y atender mejor sus necesidades. En ese sentido, el beneficio no proviene de las palabras, sino de la atención que reciben.

Además, de la interacción también se benefician los humanos; expresar pensamientos en voz alta ayuda a ordenar ideas, a procesar emociones complejas y a alcanzar lo que en psicología se conoce como catarsis: una liberación profunda y purificadora de emociones reprimidas, como la ira, el miedo o la tristeza.

Esta “purga” psicológica transforma las tensiones negativas en una reconfortante sensación de claridad, calma y bienestar mental.

Al cuidar una planta y dedicarle atención de forma regular, se pueden activar procesos asociados al bienestar emocional. Esta interacción se relaciona con la liberación de sustancias como la oxitocina y la dopamina, vinculadas al placer y la recompensa, además de una disminución de los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés.

Por eso, el posible beneficio de hablarles a las plantas no estaría relacionado con cambios en su crecimiento, sino con el bienestar que esta rutina puede generar en las personas que la incorporan a su vida cotidiana.

Fuente: www.clarin.com

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